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Cuando varias familias son propietarias del mismo club: lo que el Sevilla FC enseña sobre gobernanza

Desde la construcción de uno de los clubes más laureados de Europa hasta el enfrentamiento entre padre e hijo, la historia del Sevilla demuestra que la propiedad compartida no implica necesariamente la existencia de un proyecto común.


Executivos reunidos diante de um estádio de futebol, em uma composição que representa a governança do Sevilla FC e a disputa pelo controle do clube.

La disputa por el poder en el Sevilla Fútbol Club podría presentarse como un conflicto más entre los accionistas de una destacada organización deportiva. Sin embargo, el caso despierta interés por una circunstancia bastante peculiar. El actual presidente del club, José María del Nido Carrasco, lleva años enfrentándose a la oposición de su propio padre, José María del Nido Benavente, expresidente y principal accionista individual de la sociedad.


La complejidad del caso trasciende un mero conflicto entre el accionista de control y la administración. No se puede afirmar que solo es una divergencia entre padre e hijo. Es una disputa que atraviesa simultáneamente la familia, la propiedad y la gestión.


El Sevilla, sin embargo, no es una empresa familiar clásica. No existe una única familia de control que posea la mayoría del capital y transmita el mando de una generación a otra.


El club es una sociedad anónima deportiva cuyo capital ha permanecido históricamente fragmentado entre distintas familias accionistas, entre ellas las familias Del Nido, Carrión, Alés, Castro y Guijarro, además de inversores externos que se incorporaron posteriormente.


Esta configuración convierte al Sevilla en una especie de empresa multifamiliar, en la que el control depende de la capacidad de los distintos bloques propietarios para formar coaliciones.


Un club construido mediante sucesivos liderazgos familiares


La presencia de las familias en los órganos de administración del Sevilla no es reciente.


Rafael Carrión presidió el club entre 1997 y 2000, durante un periodo marcado por dificultades económicas y deportivas. Tras abandonar la presidencia, continuó siendo uno de los principales accionistas, y sus hijos pasaron a representar las acciones de la familia y a ocupar cargos en el consejo de administración.


Carrión fue sucedido por Roberto Alés, cuya gestión, entre 2000 y 2002, es reconocida por el propio club como el periodo en el que se establecieron las bases para la posterior recuperación institucional y deportiva del Sevilla. Su hija, Carolina Alés, también se incorporó al consejo y permaneció durante años como representante de la familia.


En 2002, José María del Nido Benavente asumió la presidencia, momento en el que el Sevilla inició una etapa de expansión deportiva e internacional. Su hijo, José María del Nido Carrasco, se incorporó a los órganos de gobierno del club en 2006, inicialmente como vicesecretario del consejo.


Tras la salida de Del Nido, José Castro presidió el Sevilla entre 2013 y 2023. Durante su presidencia, el club conquistó cinco títulos de la UEFA Europa League.


En diciembre de 2023, Del Nido Carrasco, hijo del antiguo presidente, Del Nido Benavente, fue elegido por el consejo para sucederle.


Considerada de forma aislada, esta sucesión de dirigentes podría sugerir un modelo relativamente estable, con familias históricamente vinculadas al club, representadas por distintas generaciones y compartiendo responsabilidades en los órganos de administración.


Durante algún tiempo, este sistema funcionó.


El problema surgió cuando la continuidad de la propiedad dejó de estar acompañada por la continuidad del consenso.


El poder no acompaña necesariamente a la propiedad


Poseer acciones y controlar una sociedad no son necesariamente la misma cosa. La estructura accionarial del Sevilla demuestra con claridad esta distinción.


Según un análisis publicado en noviembre de 2025, la familia Del Nido poseía aproximadamente el 28 % del capital; el bloque formado por José Castro, el denominado Grupo de Utrera y la familia Alés reunía cerca del 23 %; la familia Carrión poseía aproximadamente el 15 %; y el bloque de inversores conocido como «los americanos» controlaba otro 15 %.


Ninguno de estos grupos poseía, por sí solo, una mayoría suficiente para controlar la sociedad.


El gobierno del Sevilla dependía, por tanto, de los acuerdos entre accionistas, de la composición del consejo y de la capacidad para reunir votos en las juntas generales.


José María del Nido Benavente era el mayor accionista individual. Sin embargo, su hijo ocupaba la presidencia con el apoyo de una coalición formada por otros bloques familiares y miembros del consejo.


El propio Del Nido Carrasco declaró reiteradamente que permanecería en la presidencia porque contaba con el respaldo del consejo y de la mayoría del capital social.


El caso revela, de este modo, una separación especialmente clara entre tres dimensiones: propiedad económica, influencia política y autoridad administrativa.


El principal accionista no controlaba el consejo. El presidente no dependía de una participación personal mayoritaria. Y los distintos grupos familiares debían negociar continuamente para mantener una mayoría funcional.


El pacto de gobernabilidad


Para organizar esta convivencia, parte de los principales accionistas suscribió, en noviembre de 2019, un pacto parasocial destinado a regular la gobernabilidad del club.


De acuerdo con la información publicada sobre sus términos, el acuerdo incluía a los principales accionistas, con excepción de la familia Carrión, y permanecería vigente hasta 2027, salvo acuerdo entre las partes o resolución judicial en sentido contrario.


Los pactos de esta naturaleza pueden regular el ejercicio del derecho de voto, la composición de los órganos de administración, la designación de directivos y la formación de mayorías.


Sin embargo, existe una diferencia entre un acuerdo capaz de organizar una relación basada en la confianza y un acuerdo utilizado para gestionar una relación en la que la confianza ya ha desaparecido.


Con el agravamiento del conflicto, el pacto dejó de funcionar únicamente como instrumento de estabilidad y pasó a ocupar el centro de la disputa.


El consejo recurrió a las obligaciones asumidas en el acuerdo para limitar o neutralizar los votos de Del Nido Benavente. El expresidente, por su parte, comenzó a impugnar judicialmente tanto la vigencia del pacto como sus efectos sobre el ejercicio de los derechos políticos inherentes a sus acciones.


Las resoluciones judiciales abordaron distintos aspectos del conflicto y dieron lugar a un escenario complejo. En junio de 2025, la Audiencia Provincial de Sevilla reconoció que el pacto continuaba vigente mientras no existiera un acuerdo entre las partes o una resolución definitiva en sentido contrario.


En septiembre de ese mismo año, sin embargo, una resolución de primera instancia ordenó al club que no impidiera a Del Nido Benavente votar en futuras juntas. En junio de 2026, las partes llegaron a solicitar la suspensión de los procedimientos mercantiles relacionados con el conflicto.


Como consecuencia, la gobernanza del club pasó a depender cada vez más de la interpretación judicial de instrumentos que, originalmente, debían promover la estabilidad.


Cuando el conflicto familiar llega al consejo


La dimensión más simbólica del caso se encuentra en la relación entre padre e hijo. José María del Nido Benavente pretende recuperar influencia sobre el club y sustituir al consejo. José María del Nido Carrasco preside precisamente el órgano que su padre pretende destituir.


Esta circunstancia cuestiona la idea de que la presencia de la siguiente generación representa automáticamente la continuidad del proyecto de la generación anterior.


En este caso, se produjo la sucesión biológica, pero no la sucesión política.


El hijo se incorporó a los órganos del club durante la presidencia de su padre, construyó su propia trayectoria institucional y, posteriormente, pasó a formar parte de una coalición contraria a las pretensiones paternas.


El Sevilla ofrece una demostración casi literal del modelo de los tres círculos de las empresas familiares:

  • Como hijo, Del Nido Carrasco pertenece a la familia: familia;

  • Como accionista, posee derechos patrimoniales y políticos: propiedad;

  • Como presidente y administrador, debe ejercer sus funciones teniendo en cuenta el interés social del club: gestión.


Estas tres posiciones no conducen necesariamente a una misma decisión.


Un hijo puede considerar que proteger la sociedad exige oponerse a su padre. Un accionista puede desear sustituir a la administración. Un administrador puede entender que obedecer al accionista que lo designó sería incompatible con sus deberes frente a la sociedad.


Sin órganos propios de gobernanza familiar, estas divergencias dejan de gestionarse en el ámbito de la familia y se trasladan a las juntas, los consejos, los tribunales y los medios de comunicación.


De la coalición victoriosa a la crisis económica


El modelo de coalición entre familias acompañó el periodo más exitoso de la historia del Sevilla. Sin embargo, el éxito deportivo también contribuyó a aumentar el tamaño, los costes y la complejidad de la organización.


Cuando los resultados deportivos y los ingresos procedentes de las competiciones europeas disminuyeron, las debilidades económicas quedaron expuestas.


Las cuentas de la temporada 2024-2025 registraron pérdidas de aproximadamente 54 millones de euros. Sumadas a las pérdidas de cerca de 19 millones de euros en 2022-2023 y de 82 millones de euros en 2023-2024, el resultado negativo acumulado durante las tres temporadas se aproximó a los 155 millones de euros.


El deterioro económico también modificó los incentivos de los propietarios.


Mientras el club crecía, la coalición permitía distribuir influencia, prestigio y cargos administrativos entre las familias. Cuando el valor de las acciones comenzó a verse amenazado por las pérdidas, el endeudamiento y la inestabilidad deportiva, la venta se convirtió en una alternativa cada vez más atractiva.


El conflicto dejó de afectar únicamente a quién gobernaría el Sevilla y pasó a incluir también cuándo, cómo, por cuánto y a quién venderían las familias sus participaciones.


El intento de venta a Sergio Ramos


A comienzos de 2026, Sergio Ramos, antiguo jugador del club, encabezó una propuesta para adquirir la mayoría del Sevilla junto con un grupo de inversores.


El proceso avanzó hasta una fase de negociación exclusiva y auditoría financiera. En mayo, llegó a publicarse que existía un acuerdo entre Ramos y los principales accionistas. Sin embargo, la operación no llegó a consumarse.


El 1 de junio, las familias Castro, Guijarro, Carrión y Alés, junto con Del Nido Benavente, difundieron un comunicado en el que acusaban al grupo comprador de haber modificado sustancialmente el perfil de los inversores y las condiciones inicialmente discutidas. Ramos negó esta versión y afirmó que seguía dispuesto a negociar.


Tras el fracaso de la operación, los accionistas anunciaron la reanudación de las conversaciones con otros interesados.


Poco después, Fernando Carrión y Carolina Alés, representantes de dos de las familias más tradicionales del club, abandonaron sus cargos en el consejo.


Actualmente, el Sevilla continúa formalmente bajo la presidencia de Del Nido Carrasco, pero con una administración cada vez más transitoria y sometida a la presión derivada de la necesidad de un cambio de control.


Lo que la gobernanza del Sevilla FC enseña a las empresas familiares


La primera enseñanza es que una coalición de familias propietarias también necesita gobernanza familiar.


Cada familia debe definir quién representa sus acciones, cómo formarán sus miembros una posición común, qué criterios se utilizarán para designar consejeros y cómo se gestionarán las divergencias internas entre generaciones.


La segunda enseñanza es que un pacto de accionistas no sustituye a un proyecto compartido.


El acuerdo puede establecer obligaciones de voto y mecanismos de estabilidad. Sin embargo, no puede generar por sí solo confianza, legitimidad ni convergencia estratégica.


La tercera enseñanza es que la sucesión patrimonial y la sucesión política son procesos diferentes.


Los herederos pueden recibir acciones sin compartir la visión de sus antecesores. También pueden asumir cargos en el consejo y formar alianzas con otros bloques propietarios.


La cuarta enseñanza es que el consejo de administración no debe funcionar únicamente como una reunión de representantes familiares.


Cuando cada consejero actúa exclusivamente como delegado de un determinado grupo propietario, resulta difícil construir una visión institucional que supere los intereses a corto plazo de cada bloque.


La quinta enseñanza es que la venta de la empresa también exige gobernanza.


¿Quién puede negociar? ¿Es necesario vender conjuntamente? ¿Cuál será el precio mínimo? ¿Qué garantías deben exigirse al comprador? ¿Cómo pueden preservarse los activos esenciales, la identidad y el legado? ¿Cuál será el papel de las familias después de la operación?


Sin respuestas previamente acordadas, la venta deja de ser una decisión estratégica y se convierte en un nuevo terreno de disputa.


La gobernanza no consiste únicamente en decidir quién ocupa la presidencia


El Sevilla no entró en crisis porque hubiera familias entre sus accionistas.


Durante años, fueron precisamente esas familias las que sostuvieron la recuperación del club y participaron en la construcción del periodo más exitoso de su historia.


La crisis surgió porque la gobernanza no evolucionó al mismo ritmo que el valor económico del club, la complejidad de la organización, la incorporación de las nuevas generaciones y la fragmentación de los intereses propietarios.


El caso demuestra que la tradición puede conferir legitimidad, las acciones pueden conferir derechos y los pactos pueden organizar los votos. Sin embargo, ninguno de estos elementos garantiza por sí solo la continuidad.


Cuando la familia, la propiedad y la gestión dejan de compartir una dirección común, incluso una organización con historia, patrimonio y reconocimiento internacional puede pasar a depender de resoluciones judiciales y negociaciones de urgencia para definir su propio futuro.


En el Sevilla, el problema nunca fue la ausencia de propietarios. Fue la ausencia de un proyecto común capaz de sobrevivir a sus propietarios.

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